Arturo Romo Gutiérrez


 

Revolución de las Conciencias

Siempre que se me ha preguntado cual es, a mi juicio, el principal aporte de Andrés Manuel López Obrador a la teoría y la práctica de la lucha revolucionaria actual, mi respuesta ha sido la misma:
En primer lugar, su lucha personal, tesonera, por despertar entre los mexicanos la conciencia de que es indispensable poner un alto definitivo a los procesos de degeneración de la vida colectiva que desde hace treinta años, al entronizarse en las políticas públicas el modelo y la ideología neoliberales, obturan el avance de los mexicanos hacia una convivencia digna.
Pobreza, desempleo, estancamiento de la economía, desigualdad social, violencia e inseguridad asociadas a la delincuencia organizada, deterioro ecológico, falta de credibilidad en las instituciones públicas, son algunas de las principales manifestaciones de una crisis de múltiples dimensiones, cada vez más profunda y severa.
Corrupción en ascenso, que ya permea de las instituciones públicas a la sociedad, cohecho, simulación, mentira y demagogia, oportunismo disolvente, individualismo exacerbado, deshumanización de la vida en convivencia, abandono suicida de los referentes históricos y los valores en que se ha inspirado la vida de los mexicanos a lo largo de su devenir, son sucesos y comportamientos inherentes a una patria dominada por el egoísmo de una oligarquía rapaz que no cede un ápice de sus injustos privilegios.
Por esta razón, el líder de MORENA y hoy candidato único del Movimiento Progresista a la Presidencia de la República, ha sido enfático: “…sin una reconstrucción moral de la nación no habrá cambio verdadero. Necesitamos una revolución que vaya a la raíz de los problemas, una revolución de las conciencias.”
Una refundación de la República que se inspire en valores éticos irreprochables y en lo mejor de nuestra cultura y nuestra historia, que restituya la dignidad nacional y reivindique lo mejor de la mexicanidad, si no queremos ser avasallados por el implacable e indetenible mundo global de nuestros días, o arrojados, por quién sabe cuanto tiempo, al cieno de la simple sobrevivencia vegetal, sin perspectiva alguna para alcanzar las más altas cumbres de la civilización humana.
La codicia y deslealtad son ajenas a nuestra idiosincrasia; por el contrario, añade López Obrador, los mexicanos poseemos un fuerte sentido de comunidad que nos hacen generosos y es preciso vigorizar esas virtudes. “Recuperar a la nación de quienes la tienen secuestrada, es recuperar nuestros principios, en primer lugar el amor por el trabajo”, por eso traza otro objetivo central de su programa de gobierno: suprimir del trabajo su característica de actividad de alienación del hombre para transformarlo en una función liberadora que honre su condición, punto en el cual coincide plenamente con la doctrina revolucionaria mexicana, que concibe al trabajo como el elemento esencial de dignificación del ser humano y el factor determinante para la distribución de la riqueza y el ingreso.
Pero no basta –nos dice reiteradamente Andrés Manuel- con crear una conciencia propicia al cambio democrático y progresista de la realidad; ciertamente es necesario hacer crecer la economía y distribuir con justicia los productos de ese crecimiento, más ello sólo tiene sentido en cuanto conduzca a la construcción de un hombre nuevo, como paso previo hacia la edificación de una nueva sociedad, distinta y superior a la presente.
Se trata, como es fácil advertir, de un único proceso, en donde cada una de las partes se encuentra lógica e inteligentemente entrelazada con la precedente, hasta formar un todo coherente y asequible: formación de conciencia, producción en masa de bienes y servicios con la finalidad de liberar al ser humano de las necesidades materiales, construcción de un hombre nuevo y simultáneamente de una nueva sociedad.
Sin intención de demeritar a los candidatos de la derecha que contienden por la Presidencia de la República, tanto el ya harto publicitado como quién esté por conocerse, ninguno de ellos podría fijar una finalidad tan elevada y al mismo tiempo viable para conducir los destinos nacionales como la que se ha descrito brevemente. Y si por imitación o simple oportunismo lo intentara, carecería del elemento fundamental que debe distinguir al hombre público, y siempre hará la diferencia: congruencia con autoridad moral.
No hay duda, los argumentos de la izquierda siempre serán moral, política e históricamente superiores a los de aquellos que pugnan por la conservación de realidades injustas y degradantes, de privilegios para unos cuantos y exclusión de los más, de quienes, en suma, transformaron el bien común de que habló Tomás de Aquino, en bien de la oligarquía, entendida ésta como el gobierno inicuo de pocos.

Regresar